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Jurgen Montero en las graderías del estadio Alejandro Morera Soto, vistiendo la camiseta rojinegra de Alajuelense.

Diez años después: ya no podemos llamarlo mala suerte

Entrenadores, gerentes y proyectos han ido y venido. Diez años después, los resultados obligan a mirar más arriba y preguntarnos por las decisiones que han marcado a Alajuelense.

Por Jurgen Montero | Opinión – La Liganeta · 15 de septiembre de 2026 · 15 min de lectura

Foto: Archivo personal de Jurgen Montero

Diez años después: ya no podemos llamarlo mala suerte

Por Jurgen Montero | Opinión – La Liganeta

Hay derrotas que simplemente son fútbol. Un penal que pega en el poste, una expulsión inesperada, una lesión, una mala noche o un rival que fue mejor durante noventa minutos. Incluso una final puede escaparse por un detalle y no necesariamente significa que todo lo que se hizo antes estuvo mal.

El problema aparece cuando dejamos de hablar de una derrota, de un campeonato o incluso de un entrenador y comenzamos a observar una década completa. Cuando durante diez años cambian técnicos, futbolistas, gerentes deportivos, metodologías y proyectos, pero ciertos problemas continúan apareciendo, llega un momento en el que atribuirlo todo a la casualidad deja de ser una explicación suficiente.

Joseph Joseph llegó a la Junta Directiva de Liga Deportiva Alajuelense en 2016, durante la presidencia de Raúl Pinto. Posteriormente ocupó la vicepresidencia durante la administración de Fernando Ocampo y, desde febrero de 2023, es el presidente del club. Por eso sería incorrecto analizar únicamente sus años sentado en la silla presidencial. Esta columna pretende revisar una época mucho más amplia: los diez años en los que Joseph ha formado parte de la estructura que gobierna Alajuelense.

Y la pregunta que quiero plantear desde el inicio es sencilla: ¿qué ha pasado deportivamente con Liga Deportiva Alajuelense durante todo ese tiempo?

2016-2019: cambiar para seguir buscando

Joseph llegó a la dirigencia en un momento complicado. Alajuelense ya arrastraba problemas deportivos y sería injusto responsabilizarlo por una situación que había comenzado antes de su ingreso. Sin embargo, 2016 sí representa un punto razonable desde el cual comenzar a evaluar su participación dentro de la estructura institucional.

Durante los años siguientes apareció una característica que terminaría acompañando a la Liga durante buena parte de esta década: la inestabilidad del banquillo. Javier Delgado, José Giacone, Guilherme Farinha, Benito Floro, Wílmer López, Nicolás Dos Santos, Luis Diego Arnáez y Hernán Torres fueron algunos de los nombres que pasaron por la dirección técnica. Hubo entrenadores nacionales y extranjeros, hombres identificados con la institución y técnicos completamente ajenos a ella, proyectos supuestamente construidos para el largo plazo y otros que prácticamente nacieron con fecha de vencimiento.

El problema no era solamente cambiar de entrenador. El problema era que cada cambio venía acompañado de la sensación de estar comenzando nuevamente. Se presentaba una nueva idea, se pedía paciencia, se explicaba por qué aquel proyecto era diferente al anterior y, cuando tampoco funcionaba, comenzaba nuevamente la búsqueda.

Mientras todo eso sucedía, el campeonato nacional seguía sin llegar. Entre 2016 y 2019 Alajuelense no consiguió ningún título de Primera División y hubo torneos en los que ni siquiera logró instalarse entre los cuatro mejores.

Entonces llegó 2019 y con él el Centenario. Pocas oportunidades podían tener una carga simbólica mayor. Alajuelense podía celebrar el campeonato número 30 precisamente durante los cien años de existencia de la institución y llegó hasta la definición contra Herediano con esa posibilidad en las manos.

No ocurrió.

Herediano terminó celebrando el campeonato en el Alejandro Morera Soto después de una definición por penales. Fue otro golpe doloroso, pero también comenzó a consolidar una frase que con los años terminaría siendo demasiado frecuente alrededor de Alajuelense: “estuvimos cerca”.

Estar cerca una vez puede generar esperanza. Estar cerca constantemente y no ganar termina generando preguntas.

2020: llegó la 30 y parecía comenzar algo diferente

Una crítica seria tampoco puede seleccionar únicamente los acontecimientos que sirven para golpear a una dirigencia. En diciembre de 2020 ocurrió lo que durante años parecía imposible: Alajuelense finalmente rompió la sequía y consiguió su campeonato número 30 bajo la dirección de Andrés Carevic. A ese éxito se sumó la Liga Concacaf 2020.

Aquello no fue un detalle menor. Fueron títulos importantes y forman parte de la historia de esta administración tanto como las derrotas.

Además, paralelamente se estaba produciendo una transformación institucional importante. El Centro de Alto Rendimiento se convirtió en una de las grandes obras de esta época, las condiciones de trabajo mejoraron, las divisiones menores encontraron una infraestructura mucho más profesional y Alajuelense comenzó a proyectar hacia afuera la imagen de una institución moderna.

Y precisamente ahí nació una contradicción que, para mí, define buena parte de estos diez años: la Liga comenzó a convertirse en una institución cada vez más poderosa fuera de la cancha sin conseguir transformar consistentemente esa fortaleza en campeonatos nacionales.

La 30 parecía demostrar que finalmente se había encontrado la fórmula. El problema fue que la estabilidad duró poco.

2021-2022: otra vez reconstruyendo

Andrés Carevic salió en agosto de 2021 y Alajuelense volvió a entrar en esa dinámica que ya conocíamos. Llegó Luis Marín y su etapa duró apenas 51 días. Después apareció Albert Rudé con otra propuesta futbolística, otra metodología y nuevamente la expectativa de estar comenzando un proceso diferente.

Aquí es donde considero que aparece una pregunta fundamental: ¿puede un club construir una identidad deportiva si constantemente está reconstruyendo su identidad?

Durante años, el problema de Alajuelense parecía tener siempre un nombre diferente. En determinado momento era el entrenador; después podía ser un futbolista, el gerente deportivo, la presión alrededor del equipo o alguna circunstancia puntual. Las piezas iban cambiando, pero la estructura encargada de seleccionar esas piezas permanecía.

El Clausura 2022 profundizó todavía más esa sensación. Alajuelense volvió a disputar el campeonato y enfrente apareció Cartaginés, un club que llevaba 81 años sin ser campeón nacional. Fue precisamente contra la Liga que los brumosos terminaron aquella sequía histórica.

Después de aquella etapa también continuaron los movimientos. Albert Rudé salió, llegó Fabián Coito, Coito tampoco consiguió consolidarse y eventualmente regresó Andrés Carevic.

Una vez más, Alajuelense estaba reconstruyendo.

2023: Joseph Joseph toma oficialmente el volante

Febrero de 2023 representa un punto importante en esta cronología porque Joseph Joseph asumió formalmente la presidencia de Liga Deportiva Alajuelense. Para ese momento ya no era una persona que llegaba desde afuera a descubrir cómo funcionaba el club: llevaba aproximadamente siete años formando parte de la Junta Directiva y había sido vicepresidente durante la administración anterior.

A partir de ahí, inevitablemente, aumenta también su responsabilidad sobre el rumbo institucional.

El primer gran golpe deportivo de esa nueva etapa llegó rápidamente. Alajuelense disputó el Clausura 2023 contra Saprissa, ganó 1-0 el primer partido de aquella final de segunda fase, pero terminó perdiendo 3-1 en Tibás. Saprissa fue campeón y nuevamente la Liga quedó del lado de quienes estuvieron cerca.

Sin embargo, ese mismo año comenzaría algo que también debe reconocerse como uno de los mayores éxitos de esta época.

2023-2025: el rey de Centroamérica que sufría en Costa Rica

Alajuelense ganó la Copa Centroamericana de 2023. Repitió el título en 2024 y posteriormente volvió a hacerlo en 2025. Tres ediciones del torneo y tres campeonatos rojinegros.

Eso no puede reducirse a suerte. Alajuelense se convirtió en el gran referente centroamericano de este periodo y la dirigencia merece recibir crédito por ello.

Pero ese éxito internacional hizo todavía más extraña la situación doméstica.

¿Cómo podía una institución capaz de imponerse repetidamente sobre los mejores equipos de Centroamérica tener semejantes dificultades para conquistar su propio campeonato?

El Clausura 2024 volvió a poner esa contradicción sobre la mesa. Alajuelense llegó nuevamente a una final contra Saprissa, ganó 1-0 el partido de ida y posteriormente perdió 3-0 en Tibás. Otra oportunidad perdida y otro campeonato sin conseguir la ansiada 31.

Para mayo de 2025 aquello ya no podía analizarse únicamente desde las emociones. Había suficiente muestra estadística. La Liga acumulaba más de veinte torneos nacionales desde el campeonato de 2020 y solamente había conseguido ganar aquel Apertura. Mientras tanto, Saprissa celebraba títulos, Cartaginés había roto una sequía de 81 años precisamente contra Alajuelense y Herediano continuaba creciendo hasta superar a la Liga en cantidad de campeonatos nacionales.

Alajuelense seguía compitiendo. Seguía llegando.

Pero competir no es lo mismo que ganar.

Y en una institución de esta magnitud, disputar finales puede ser parte del camino, pero nunca puede convertirse en la medida definitiva del éxito.

2025: otro golpe contra Herediano y el regreso de Óscar Ramírez

El Clausura 2025 presentó otra oportunidad para cambiar la historia. Alajuelense volvió a una gran final y nuevamente Herediano apareció en el camino. El resultado fue conocido: Herediano volvió a ser campeón.

Después de aquella derrota, el propio Joseph reconoció públicamente que existía una deuda del primer equipo en campeonatos y que llegar a las finales no era suficiente. Esa afirmación me parece importante porque establece un parámetro con el que incluso la propia dirigencia reconocía que debía evaluarse al club.

Entonces ocurrió algo que también debemos incluir en esta historia: Óscar Ramírez regresó y funcionó.

Durante aquella etapa la Liga consiguió la Recopa, completó el tricampeonato de Copa Centroamericana y finalmente volvió a ganar el campeonato nacional con el Apertura 2025. Después de cinco años, la 31 finalmente llegó.

Y aquel periodo dejó una enseñanza importantísima.

Alajuelense sí tenía herramientas para ganar. Tenía infraestructura, capacidad económica, futbolistas, afición, divisiones menores y un Centro de Alto Rendimiento que pocas instituciones de la región podían igualar. Cuando apareció una conducción deportiva capaz de transformar esos recursos en resultados, los títulos llegaron.

Por eso considero equivocado afirmar simplemente que “todo está mal” en Alajuelense. No es cierto.

El problema es mucho más incómodo: muchísimas cosas están bien, pero durante demasiado tiempo las decisiones estrictamente futbolísticas no han estado a la misma altura de la institución que se construyó alrededor del equipo.

2026: del campeón a otro proyecto terminado en cuatro meses

El primer semestre de 2026 fue malo. Alajuelense quedó eliminado de todo lo que disputó: Torneo de Copa, Clausura y Copa de Campeones de Concacaf. Óscar Ramírez finalmente decidió no continuar.

Se puede discutir muchísimo sobre aquella salida, pero para efectos de esta columna lo verdaderamente importante es lo que sucedió inmediatamente después.

La institución tenía que escoger al hombre encargado de sustituir al entrenador más ganador de su historia y Carlos Vela encabezó ese proceso. El elegido fue Ismael Rescalvo.

Cuando se presentó la decisión, Vela explicó públicamente que había existido un proceso largo y ordenado, que se analizaron diferentes perfiles, se realizaron entrevistas y que existió respaldo unánime hacia la elección. También reconoció que anteriormente había trabajado con Rescalvo.

Esas declaraciones importan porque las decisiones no solamente deben evaluarse por su resultado, sino también frente a los argumentos utilizados para defenderlas.

Rescalvo llegó en mayo de 2026.

En septiembre ya estaba despedido.

Su etapa terminó después de apenas 14 partidos oficiales, con seis victorias, tres empates y cinco derrotas, para un rendimiento del 50%. El 13 de septiembre Alajuelense anunció oficialmente la salida del cuerpo técnico.

Cuatro meses después de presentar un proceso supuestamente estudiado y respaldado, la institución estaba nuevamente buscando entrenador.

Y volvimos al punto de partida: reconstruir, corregir, explicar qué salió mal y comenzar otro proyecto.

Después de tantos nombres, la pregunta debe cambiar

Si observamos únicamente una parte de estos diez años encontramos a Benito Floro, Nicolás Dos Santos, Luis Diego Arnáez, Hernán Torres, Andrés Carevic, Luis Marín, Albert Rudé, Fabián Coito, Carevic nuevamente, Alexandre Guimarães, Óscar Ramírez e Ismael Rescalvo, además de interinatos y otros movimientos.

Son entrenadores de distintas nacionalidades, edades, escuelas futbolísticas, personalidades y filosofías. Algunos conocían profundamente Alajuelense y otros llegaron desde contextos completamente diferentes.

Por eso, después de tantos cambios, considero que la pregunta ya no puede ser únicamente quién debería ser el próximo entrenador.

La pregunta debe ser otra:

¿Realmente todos los entrenadores eran el problema?

Porque cuando una institución sustituye repetidamente la última pieza del organigrama y, pese a ello, termina encontrándose una y otra vez con problemas similares, eventualmente debe comenzar a evaluar a quienes seleccionan esa pieza.

Carlos Vela también debe responder por sus decisiones

Carlos Vela llegó a Alajuelense como gerente deportivo con un currículum importante y como parte de una evolución que pretendía profesionalizar todavía más el área deportiva.

Eso está bien.

Pero precisamente por eso un gerente deportivo debe ser evaluado por sus decisiones deportivas.

Rescalvo fue una de ellas. Y no estoy hablando de una especulación de aficionados: el propio Vela explicó públicamente el proceso utilizado para escogerlo y el respaldo existente alrededor de su contratación.

Entonces no me parece suficiente despedir al entrenador cuatro meses después y actuar como si con eso terminara la discusión.

Quien recomienda debe responder por lo recomendado y quien aprueba debe responder por lo aprobado.

Eso no significa que cada contratación que fracase tenga que provocar automáticamente el despido de un gerente. Significa que debe existir rendición de cuentas, análisis y consecuencias cuando los errores se vuelven recurrentes.

Y finalmente está la Junta Directiva

Aquí llegamos inevitablemente a Joseph Joseph.

No considero que el presidente de Alajuelense deba decidir alineaciones, escoger el sistema táctico o determinar quién juega de lateral. Para eso precisamente existen entrenadores, gerentes y profesionales especializados.

Pero sí existe una responsabilidad que corresponde al presidente y a la Junta Directiva: escoger a las personas encargadas de tomar las decisiones deportivas y determinar si están haciendo correctamente su trabajo.

Joseph forma parte de la dirigencia desde 2016, posteriormente fue vicepresidente y desde 2023 ocupa la presidencia. Ha sido protagonista de una época extraordinariamente exitosa en algunos aspectos institucionales e internacionales, pero profundamente irregular cuando hablamos del campeonato nacional.

Por eso considero que después de diez años ya no alcanza con despedir otro entrenador y comenzar nuevamente.

No todo ha sido fracaso, y precisamente por eso la crítica pesa más

Sería injusto terminar esta columna sin reconocer todo aquello que sí se consiguió.

El CAR transformó la infraestructura del club. Alajuelense ganó la Liga Concacaf 2020, conquistó las Copas Centroamericanas de 2023, 2024 y 2025, ganó el Apertura 2020 y finalmente el Apertura 2025. Óscar Ramírez consiguió además la Recopa durante aquella segunda mitad de 2025.

Son logros reales.

Negarlos sería seleccionar únicamente los datos que sirven para sostener una narrativa y eso convertiría esta columna en exactamente lo contrario de lo que pretende ser.

Pero reconocerlos tampoco significa ignorar el otro lado de la historia. Tomando los últimos 25 campeonatos nacionales hasta el Clausura 2026, Alajuelense ganó solamente dos: Apertura 2020 y Apertura 2025. Es decir, 23 de esos 25 torneos terminaron sin campeonato nacional para la Liga. Ese contraste ya estaba en el borrador original y es, probablemente, el dato que mejor resume el problema.

Para Liga Deportiva Alajuelense, semejante proporción no debería normalizarse.

Diez años son suficientes para evaluar un modelo

Una temporada puede explicarse por mala suerte. Dos pueden revelar una mala planificación. Tres pueden obligar a reconstruir.

Una década ya permite evaluar un modelo.

Y después de observar estos diez años, mi conclusión no es que Alajuelense sea una institución fracasada. Sería absurdo decirlo viendo su infraestructura, estabilidad y dominio internacional reciente.

Mi conclusión es otra: el gran fracaso de esta época ha sido la incapacidad de transformar consistentemente una institución poderosa en un equipo igualmente dominante dentro de Costa Rica.

Alajuelense tiene estadio, afición, patrocinadores, divisiones menores, capacidad económica y un Centro de Alto Rendimiento extraordinario. Además, ha demostrado tres veces consecutivas que tiene capacidad para dominar Centroamérica.

Entonces la pregunta se vuelve todavía más difícil de responder:

¿Por qué una institución capaz de construir todo eso ha tenido semejantes dificultades para dominar su propio campeonato?

Yo no quiero otra explicación acompañando el próximo cambio de entrenador. Tampoco quiero escuchar dentro de cuatro meses que ahora sí apareció el proyecto definitivo.

Quiero responsabilidad en todos los niveles.

Los futbolistas deben responder cuando su rendimiento no alcanza. El entrenador debe responder cuando dirige mal. El gerente deportivo debe responder cuando planifica mal. La Junta Directiva debe responder cuando las decisiones que respalda fracasan repetidamente. Y el presidente debe responder por el funcionamiento de la estructura que dirige.

Eso también significa administrar un club de fútbol.

Los títulos internacionales de esta época merecen aplausos. El CAR merece reconocimiento. La estabilidad institucional merece reconocimiento. La 30 y la 31 se celebraron como corresponde.

Pero ninguno de esos éxitos debería impedirnos hacer preguntas difíciles. Al contrario: una institución con semejantes recursos debería obligarnos a hacer preguntas todavía más difíciles.

Joseph Joseph no es responsable de cada gol que Alajuelense falló durante estos diez años, ni de cada penal errado, expulsión o mala decisión tomada dentro de una cancha. Pero después de una década dentro de la estructura tampoco puede ser presentado como un simple espectador de lo sucedido.

Durante estos años cambiaron entrenadores, gerentes, jugadores, metodologías y proyectos. La dirigencia, en cambio, mantuvo una continuidad mucho mayor. Y cuando una institución ha cambiado prácticamente todas las piezas deportivas posibles, llega un momento en el que mirar hacia quienes toman las decisiones finales deja de ser injusto.

Se convierte en una obligación.

Porque después de diez años, ya no estamos hablando de mala suerte. Estamos hablando de resultados.

Y los resultados también cuentan la historia.

— Jurgen Montero
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